La Belle Époque, y más precisamente la era eduardiana, son consideradas como bellas por lo que significaron para la literatura, para la música y el arte en general. Estos años felices, de estética deliciosa y ética dudable, estos años ilusorios de paz y bienestar (no exentos de conflictos bélicos), se verían truncados por la Gran Guerra, en 1914.

Pero hubo algo más que nos hará recordar esos años como bellos. Hay una estructura de sentimiento innombrada; la expectativa de vivir en una época tecnológicamente revolucionaria, en la que operan inventos que habrían de transformar el mundo a la velocidad del rayo.

Por un lado, el cristianismo, antes ocupado en perseguir la herejía, ahora se limitará a tratar de no perder adeptos frente a los triunfos de la ciencia, y surge lo que en otros tiempos hubiera sido castigado por paganismo; crecen movimientos esotéricos y espiritistas. Crecen porque tienen la libertad de hacerlo, pero también para enfrentarse a la incertidumbre espiritual que se respira. Por otro lado, bajo la máscara del progreso, hay algo que amenaza la libertad individual.

El hombre se siente en el apogeo de la historia, capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza, capaz de perfeccionarse a sí mismo. Esos sentimientos se reflejarán grandemente en su arte.

Grandes visionarios, como H.G. Wells, apoyarán al progreso científico pero también presentirán las consecuencias que estos cambios pueden tener.

Entonces, podemos decir que la belleza eduardiana fue ese breve instante de esperanza después de siglos, incluso de milenios. Pensaron que era el inicio y no el apogeo que daría lugar a la decadencia. Una decadencia que habría de durar hasta hoy. Y es cierto que en algunos aspectos estamos mejor que hace más de un siglo. Pero, ¿tenemos aún la esperanza? ¿Creemos todavía que podemos cambiar lo que otros creyeron que podrían y no pudieron? Si nacimos con esa fe inoculada en la ciencia y el progreso, bueno, hace tiempo que no hay nada nuevo bajo el sol.

Los eduardianos tenían esa fe en el cambio, porque las nuevas ideas, los nuevos inventos los circundaban. Ahora todo es viejo. Nos quedó la costumbre de esperar lo nuevo, pero lo nuevo no llega. Son las viejas ideas, los viejos inventos que se perfeccionan. Ahora los libros son electrónicos, pero sus contenidos, ¿superan a los de hace un siglo? Y así, toda la tecnología vacía de sentido, nos deja sin belleza y sin esperanza. Nos hunde en la idiocracia. A nosotros, a la generación de los libros electrónicos e Internet.

Vivimos a la expectativa, a la espera de la libertad que ninguna tecnología nos pudo devolver. Ese es el mal de nuestra época, y tal vez sea esa la fuente de la ansiedad, la depresión y el pánico.

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