“Al lector le habrá pasado más de una vez lo que a mí; apenas entreveo al paso una mujer me defino su belleza, su interés de carácter y de situación. Insisto en referirme a “situaciones” porque éstas tienen tanto o más incentivo y enamoran tanto o más que los caracteres; la visibilidad del carácter es mínima en situaciones sencillas y leves, no hay tragedia por el sólo carácter y puede haberla por solo la obra de un máximun de situación.”
Macedonio Fernández – Una Novela Que Comienza (1941)
El narrador, casi sin darse cuenta, se declara enamorado. Tres meses después de presenciar la “situación” aún recuerda a la mujer de paso vivo en el Palacio Judicial.
Se declara enamorado de la situación, la situación tiempo-espacio que ella genera. Ella, con su belleza, su ímpetu, hasta con la ropa que lleva.
“La joven vestía pollera muy larga y era alta, por lo que sus movimientos llenaban más la escena (…) tenía que caminar la señorita con gran ligereza y lo hacía con una acción de gran vivacidad y apropiación.”
Lo que para otros hubiera sido invisible -ya que los incentivos son diferentes para cada individuo- para él es demasiado visible.
No es difícil deducir, o al menos imaginar, cierta personalidad acorde a cierta fisonomía, a cierto lenguaje corporal y a determinado atuendo, para cualquiera con un poco de inteligencia e intuición.
No se conocen previamente, no han cruzado una sola mirada, pero él ha tenido tiempo suficiente de observarla muy de cerca, deduciendo los rasgos positivos de la mujer, inherentes a la situación.
Por lo tanto, ella, sin saberlo, tuvo un instante que sólo él consideró de esplendor, un instante que él no esperaba vivir.
En la escena, él acompaña (sin asunto propio) a un amigo abogado. Ella (con asunto propio) se esfuerza en acompañar a un caballero alto, rubio. La multitud, no es testigo, sino la “prueba tangible” de que lo que sucede es real.
La tragedia
Algo parecido ocurre en “El Difunto” de Eça de Queiroz, cuando el protagonista se enamora de una dama rubia que ve durante la misa.
El joven se escapa de la misa, pensando que en su corazón la Virgen fue menos ante aquella mujer “cuyo nombre y cuya vida ignoraba y tan sólo sabía que por ella daría vida y nombre, si ella se rindiera por tan incierto precio.”
Esta historia transcurre en el siglo XV, por lo cual la joven encarna los ideales de la época. Cinco siglos después, los valores han cambiado. La mujer que describe Macedonio encarna otros ideales. Sin embargo ambas mujeres cumplen un deber. Una está en el Palacio Judicial, la otra en la Iglesia.
Ambas tienen el paso majestuoso, pero no arrogante. Ninguna sospecha que alguien las mira, tan abstraídas las dos.
Pero es la dama del Palacio Judicial la que, al igual que la Beatriz de Alighieri, encarna un amor que no le corresponde. Él ama la situación única e irrepetible que ella generó.
Así como el amor a Beatriz le correspondía a Dios, el amor a esta joven se ha quedado en un recuerdo, un instante que es la tácita tragedia y felicidad del narrador.
Un recuerdo que, tres meses después, hace y rehace en su memoria. Recupera los segundos, los desempolva y describe como a cada curva, para llegar a aquella oficina.